martes, 28 de julio de 2009

Ganador del Segundo Premio del I Concurso de Narrativa del Emigrante

Lima necesita llorar

No es grato morir señor si en la vida nada se deja y en la
muerte nada es posible, si no lo que se pudo dejar en vida.
César Vallejo

Hoy me desperté intentando reconocerme a mí mismo. Tengo una sensación extraña, como si el tiempo me hubiera arrastrado sin compasión alguna. Bajo los pies de la cama y veo los dedos, quizá de otro hombre, moviéndose lentamente. Volteo una y otra vez mis manos endurecidas, lastimadas, tratando de recordar cada surco que cruza mis palmas y cada herida que, a pesar de los años, se resiste a cicatrizar. Me pongo de pie, observo todo a mi alrededor, camino unos pasos, dudo, pero tomo el camino que va en dirección al baño, me detengo y estiro mi brazo hacia la manija de la puerta. Entro, confundido y aturdido, como si estuviera en un lugar que no fuera el mío y enciendo la luz. Aparece alguien en el espejo. Lo contemplo por unos segundos, en el fondo sé por qué llora; su mirada tiene un halo de resignación y melancolía. El peso de los años ha transformado esa figura. Nos miramos cara a cara y en nuestro cruce de miradas me doy cuenta de que soy yo.
A veces, la realidad nos golpea con fuerza cuando tomamos conciencia de quiénes somos, de dónde estamos, de qué hemos hecho, de cuándo despertamos. Atilio no está lejos de esa realidad, ha vivido con ella mucho tiempo, hoy es como un componente de un matrimonio cansado, desgastado, abatido por el tiempo y que se mantiene más por costumbres que por amor, si es que acaso alguna vez hubo amor.
El día que conocí a este hombre, me dio la sensación de que su mirada tenía más de soledad que de amargura. Me miraba cada vez que pasaba por la plaza que está camino a mi piso. Era una persona mayor que aparentaba unos setenta y tantos años, quizá menos, pero la soledad es el disfraz perfecto de la senectud.
Cierto día, hice un ademán de saludo y aquel hombre me respondió como si le devolviera un favor, como si me conociera de toda la vida. Fue una reacción mezcla de alegría y respeto. Debo reconocer, que aunque nunca esperamos ciertas reacciones, su gesto también me gratificó de alguna manera.
Era domingo y salí a dar un paseo, a caminar, despejarme de la monotonía y lo encontré sentado en el mismo banco de siempre, casi con la misma ropa. Traje o terno gris, descolorido por el tiempo, pero útil para mantener las formas. Observé algo especial en ese hombre. Dentro de esa coraza, se distinguía una nobleza y una inocencia misteriosa. Físicamente mantenía la estructura de lo que en su momento fue una persona corpulenta, capaz de realizar cualquier trabajo físico y en cualquier condición. Un día, la curiosidad me ganó, me acerqué y me senté a su lado. Para mi sorpresa, también era peruano. Lo saludé y nos pusimos a conversar como si me hubiera visto crecer, es la cercanía que tiene la gente del interior, esas formas cálidas de hablarte, de conocerte. Al comienzo, me contestaba con monosílabos, las que se fueron disipando por extensas charlas. Tenía esa peculiaridad de los que se exilian del mundo más por resignación que por obligación. Hasta que un día comenzó a contarme su vida.
El día que llegué a Madrid, llovía a cántaros. La gente corría desesperada tratando de cubrirse inútilmente de la lluvia, se escondía debajo de terrazas, de paraderos de autobuses, de entradas de bancos. En cambio yo recibía con mi rostro en girasol el aguacero que me bautizaba como uno más. Al despertar de ese trance y percatarme de que todos me miraban, entendí que era diferente.
Fueron años duros, la lluvia, el frío, la forma de hablar, todo se me hacía tan diferente. A veces, me quedaba en mi cuarto, que era mi casa, y miraba por la ventana. Miraba la gente caminar, miraba cómo corrían, miraba el tiempo pasar. Me aislaba, pero sabía que mi mente estaría en paz. El primer trabajo que encontré fue de ayudante de albañil. Un trabajo que no se me hacía difícil. En Lima, había hecho trabajitos con unos compadres en Villa El Salvador, cuando recién se comenzaban a hacer casas de material noble, así le decimos a los ladrillos y al cemento, material noble. Aunque, más noble era vivir como cuando todo empezaba. Te subías a un cerro y veías todo dorado, tempranito, cuando el sol salía, parecía salir humo de las esteras, con todas las familias adentro, miles de esteras, nada más, paja dorada, era lo único dorado que habíamos visto, éramos tan pobres, pero con mucha ilusión. Así comenzaban las grandes invasiones. Arena, esteras y más arena. Cuando recién llegamos comíamos con arena, los chibolos jugaban en la arena, convivíamos entre la arena. Era duro, pero sentías que tenías un pequeño espacio en ese enorme lugar. Todos nos cuidábamos, hacíamos guardias por si llegaban los tombos, o los del ejército y nos destruían todo. Comenzaban las peleas y no entendíamos por qué nos trataban así, ya era lo suficiente amargo ver tierra por todos lados como para que te boten de un lugar que nadie usa, porque nadie quería. No te miento, era tierra y más tierra, era como estar en el medio del mar y estar rodeado de agua, esa sensación de ser algo chiquitito en algo que no tiene principio ni final, la desesperación de no tener nada más a tu alrededor, ahí era igualito, sólo que no te mojabas, sino que te enterrabas.
Sólo luchábamos por un lugar, nuestro lugar. Nadie entiende lo que pasamos, lo que sufrimos. Las heladas, la oscuridad, a veces cuando nos juntábamos un grupo, bromeábamos y apostábamos si esa noche teníamos o no luna llena. Unos compañeros se reían porque decían que no nos alcanzaba ni para pagar la luz de la luna y que nos la racionaban. La pasábamos mal, pero a la vez había un sentimiento de bondad, de hermandad, todos compartíamos, todos éramos personas que veníamos de la sierra, unos de Ayacucho, otros de Huaraz, de cuando pasó lo del terremoto de Yungay. Sabíamos lo que era el perderlo todo y ahí comenzábamos realmente de cero, sin nada, con lo puesto, con cartones, con esteras.
Y un día llegó el cemento y mató la nobleza. Al llegar el ladrillo, las familias comenzaron a pelearse por los espacios, se hacían territorios demarcados, la codicia, por eso se tuvo que organizar todo desde cero. Se inventó un sistema que crecía desde lo más pequeño hasta lograr a tener un pueblo joven. Eran otras épocas, mejor no acordarse, pero todo cambió.
Atilio había vivido momentos muy duros y sabía que no podía terminar sus días sin cerrar ciertas etapas de su vida que aunque parecieran imposibles de solucionar, sólo él tenía la llave para abrir las puertas de su destino.
Aquel hombre, tenía una familia que un día decidió recuperar y él sabía que en el fondo para tu propia sangre nunca es tarde. El camino era difícil, pero emprendió el viaje el día que recibió una carta.
Hace mucho tiempo, el viejo, como yo ya lo llamaba, dejó atrás una mujer y una niña. Tuvo que salir de Perú por razones económicas y por la violencia que reinaba, para buscar un porvenir que nunca llegó, al menos no para todos. Tras su llegada a Madrid, cada día se hizo más y más difícil y hasta imposible la tan ansiada reunión familiar, el regreso anhelado a su patria.
Era como si una corriente lo arrastrara, como si lo tirara hacia atrás, como si no lo dejara avanzar. Los años pasaron y la hija a la que, prácticamente, no llegó a conocer, terminó viajando a la misma ciudad en la que el padre un día llegó para no volver. La llegada de la hija se realizó, casi en las mismas circunstancias, como si el destino jugara a repetir los mismo roles en diferentes cuerpos, pero marcados por el mismo gen. Era como una herencia, un ciclo que había que repetir para tratar de enmendar los errores del pasado.
Atilio buscó a su hija, pero siempre encontró evasivas. Lo intentó una y otra vez hasta el punto de resignarse a que tampoco podría regresar a sus raíces. Su destino parecía marcado. Estaría condenado a vivir en la soledad, sin patria, sin familia, sin saber y, sobre todo, sin sentir que ya no pertenecía a ningún sitio, a nadie. El viejo trató por todos los medios de ganarse el cariño de su hija, pero el dolor de Justina era muy grande. Era una mezcla de odio, de impotencia, de resignación porque el destino la había empujado a seguir el camino del hombre que un día la abandono cuando aún no tenía la memoria suficiente como para guardar alguna clase de recuerdo sobre él.
Atilio había llegado a Madrid joven y con mucha fuerza para sobrevivir. Era un Madrid diferente al de hoy. Un Madrid de los últimos días de Franco. Un Madrid que respiraba y quería experimentar nuevas alternativas de vida. Así como Atilio, España salía de una represión, de una dictadura, de conservadurismos y se abría a la libertad. Aquel hombre venía de los comienzos del caos. Los primeros exabruptos del terrorismo aún no ardían en Lima, pero sí se veían las primeras movilizaciones de falsos idearios que convulsionarían el país.
Atilio escapó de todo eso, quizá, consciente o inconscientemente de que Lima comenzaría a llorar ya no con simples garúas, sino con lluvias como las que lo recibieron a su llegada a España.
El parque y el barrio del viejo habían cambiado, con el paso del tiempo, de personas, de estructura, de color, pero los espacios entre los maderos de los bancos seguían teniendo las mismas medidas de las manos del viejo. Son las medidas estándar de la impotencia, de la descarga de ira.
La hija, había llegado a España hacía trece años escapando de la debacle económica que el Perú había alcanzado por la desmedida economía neoliberal que hundió el país en los finales de la década de los años ochenta y comienzos de los años noventa.
Justina, era una mujer fuerte, de un pasado duro, como el horizonte del que un día fue el arenal donde el padre construyó las primeras casas de lo que hoy es ejemplo de planificación y organización. Villa El Salvador pasó de ser un incipiente pueblo joven, a convertirse en uno de los distritos más prósperos y boyantes de Latinoamérica.
Justina siempre culpó a su padre por la muerte de su madre,
“Murió abandonada, el olvido la mato”. Atilio, nunca volvería a ver a la mujer con la que emprendió su vida en ese sueño de arena y propiedad. La desidia, la ignorancia y su situación legal impidieron el ansiado retorno a su país. Nunca pudo volver a su tierra, al arenal maldito como le decían los amigos y compatriotas que conoció en España.
Justina, al año de llegar a España, quedó embarazada de un compatriota que nunca más volvió y no quiso volver a ver. El único recuerdo era su hijo, Luis que, para suerte o desdicha, era la copia exacta del amante ausente. Un ayacuchano que, tras enterarse de la “dulce espera” de Justina, desapareció increpando la veracidad de su paternidad. De rasgo duro y oscuro como la quinua tostada, Luis llevaba una prueba positiva de ADN en su fisonomía.
Atilio y su hija no cruzaron palabra en mucho tiempo. Madrid es grande, pero no lo suficiente como para aliviar las penas del corazón. Un día, el pequeño preguntó por su padre y Justina respondió con una bofetada. El niño entendió que ese tema estaría vetado por mucho tiempo en su casa. El dolor, muchas veces nos hace descargar nuestras impotencias y frustraciones con los más débiles. Sin embargo, Justina sufría por su hijo. Ella quería que Luis creciera con algún referente masculino, con un lazo con sus raíces y de alguna manera permitió el contacto entre el abuelo y el nieto. Si su padre nunca había generado esa figura en ella, por lo menos su hijo tendría un nexo con su vida.
Justina, desde que llegó a España siempre supo dónde buscar a su padre. Y Atilio siempre supo cómo y dónde vivía Justina. En alguna ocasión, con amistades en común, le envió dinero que ella nunca supo la procedencia real. El sentimiento de culpa nos hace transitar los caminos más difíciles y no optar por el más simple.
Un día, Justina se armó de valor y creyó conveniente que el día había llegado, llamó a su hijo, se sentaron en la mesa de la cocina y sin dar más rodeos comenzó a contarle su historia. Cómo había llegado a este país, la historia de su madre y la promesa que le había jurado cumplir.
Los profundos ojos negros de Justina comenzaron a llenarse de lágrimas, llovía a mares a través de ellos, no paraba de hablar, sus lágrimas caían sin parar. Es indescriptible el rostro de una mujer llorando, es como morir y vivir a la vez, no hay sentimiento más hondo que la tristeza femenina, el llanto de una madre, el dolor de sus palabras, el sufrimiento de lo dejado, el pesar de lo perdido.
Luis quería detenerla, pero no sabía cómo y era imposible hacerlo, Justina necesitaba esa catarata de emoción, vomitar el recuerdo, revivir, caminar sin voces en la mente.
La garúa en Lima es una lluvia fina, que cae como con miedo. Nunca llega a dar estragos, refresca, pero no termina de limpiar lo que deja a su paso. Justina no garuaba, llovía descomunalmente. La verdadera lluvia limpia todo alrededor, es fuerte, atemoriza, destruye lo que toca, pero al final lo limpia todo, es el proceso natural.
En ese momento Justina necesitaba lavar su interior, necesitaba emanar llanto. El niño ya no veía los enormes ojos negros de su madre. El pelo negro como el azabache se cruzaba entre el rostro de la madre. Lacio, caía para formar un marco en el que sólo cabían dos cataratas que deslizaban ríos de dolor y melancolía. Atónito ante ese cuadro, el niño entendió que ella era su universo, que sin ella su mundo no tenía sentido, que ella era lo único real y auténtico en su vida. Ese mismo día, Luis dejó de ser niño.
“Todo comienza en un papel y termina en un adiós”, me dijo Atilio una de esas tantas tardes que nos encontrábamos en la plaza. Había aprendido mucho de ese hombre de conocimientos vívidos, sin estudios académicos que en circunstancias de la vida como las que él aconteció, no tienen gran importancia. Es una sabiduría innata.
– ¿Sabes quien ha muerto? - me dijo el viejo, al que a veces le hacía recordar que hace poco tiempo nos habíamos conocido. A él, parecía no importarle nuestra corta amistad y seguía hablándome como si fuera su compañero de batallas o su confidente de toda la vida, pero la persona de quien me hablaba fue el ancla que Atilio tuvo con la realidad en sus primeros años en España.
– Ha muerto Manolín, joder – y echó a llorar. En su inserción a una nueva cultura, Manolo, había sido el guía, el amigo, casi el padre, que Atilio necesitó para sobrevivir, para no perder la razón en el país al que se resistía a aceptar como su nueva morada. Manolo, un asturiano, unos años mayor que él, lo cobijó como uno más y eso fue importante para que Atilio aceptase su nueva realidad.
El asturiano era un personaje risueño, bromista, siempre con la broma justa en la punta de la lengua. Asturias, desde muchos años atrás, había vivido el fenómeno de la inmigración debido al fenómeno de la minería y Manolo sabía lo que un inmigrante pasa al llegar a un país con costumbres diferentes. Manolo era el sol y la noche era Atilio. Cabello casi rubio, ojos verdes, de contextura un poco más menuda que el peruano, pero con mucha movilidad que usaba también para moverse de un lado a otro y ser el centro de la atención de los demás compañeros, era el lado extrovertido, dicharachero, que siempre animaba a Atilio que parecía vivir en la sombra.
- Pareces una palmera, oh!, dandu sombra – exclamaba el asturiano, refiriéndose a Atilio que sólo atinaba a dar media sonrisa entre escondido. - Ye un casu perdíu, cómo te llamas, oh?! – le preguntaba Manolo. Atilio, dijo algo que pareció más un quejido que su nombre. - ¿De dónde eres?- volvió a preguntar el asturiano. - De Lima, de Perú – respondió Atilio, esta vez un poco más fuerte y claro. – Joder, te escucho más lejos que de aquí a Lima – dijo el asturiano, refiriéndose a un antiguo dicho español que explicaba la lejanía de la capital del Virreinato del Perú. - Entonces Lima, ¿cuánto tiempo llevas en Madrid, trabajaste antes en la construcción? – preguntaba Manolo a modo de romper el hielo y de servirse como embajador en la obra en la que trabajaba con Atilio. Ese fue el primer encuentro con el que se convertiría en el mejor amigo del viejo en esa enorme ciudad que parecía tragarse a un peruano que de vivir en la sierra del Perú, había luchado por hacerse un espacio en un lugar de la capital peruana que ni los limeños querían. Esa era la experiencia de Atilio, hasta dar el gran salto al centro de las Españas.
- Ven Lima, tú trabajarás conmigo y me vas a ayudar en todo lo que te diga, ¿vale?, yo soy Manolo, Manolín me dicen estos capullos, todos son buenos chavales, sólo no dejes que te tomen el pelo, joder. Siempre hacen lo mismo con los nuevos y más si son tan espabilaus como tú –. Manolo trataba de dar ánimos a Atilio y de despertar un poco ese carácter apacible que tenía el peruano. El asturiano, siempre incluía a Atilio en las salidas, en las reuniones entre los españoles de la obra y es que había visto esa bondad que hay en los ojos de ciertas personas, esa nobleza. Manolo en el fondo también se sentía sólo en Madrid, él venía de Cudillero, zona marítima de Asturias que se destacaba por la pesca y el turismo, un lugar acogedor con calles serpenteantes que confluyen en el mar. Desde el cielo, Cudillero es como una gran caracola roja, es un pueblo marítimo en toda su esencia y Manolo, al igual que Atilio, siempre hablaban de sus hazañas y sus recuerdos con el mar. Para los dos significaba vida, significaba su pasado al que tanto anhelaban regresar. Manolo siempre le contaba de cómo las casas se formaban como fichas de dominó, cómo se apilaban unas junto a otras formando un abanico con tejados de teja roja. Cómo podías ver el mar, casi desde cualquier punto del pueblo, cómo sentías la vida fluir por esas calles angostas, de piedra, donde la gente siempre te recibía con una sonrisa, donde sentías que estabas en tu casa. - Nunca te sentirías un extrañu en mi pueblu -. Le decía Manolín a Atilio.
El viejo se sentía a gusto con su nuevo amigo, el único que tenía. Le contó como llegó a Lima de muy chico y como formó parte de la construcción de lo que en su momento fue el paradigma más grande del país. De cómo tuvieron que organizarse, crear alternativas de trabajo, planes sociales, en fin, cómo crear un sistema dentro de otro que aún no los incluía. El nuevo distrito se fue creando de la nada y por eso su horizonte era marcado por lemas como “porque nada tenemos, todo lo podemos”.
De alguna manera, lo que los dos personajes se iban contando, servía para reafirmar su propia identidad y para no perder esas imágenes que se iban difuminando en sus mentes. Atilio sabía que ese hombre había marcado su pasado y que un sentimiento de amistad muy grande los unía. Todos esos recuerdos regresaron de golpe el día que Atilio recibió la carta. En ella lo invitaban a una misa que se hacía en honor de su amigo. Le sorprendió la invitación, porque la comunicación con el asturiano se había perdido hace mucho tiempo, pero el regocijo de poder despedirse de él era mayor que cualquier sorpresa. Atilio se alegraba, en cierta manera, de que Manolo haya muerto en su tierra. La de las calles empedradas, la de los tejados de teja roja, la de los atardeceres de ensueño. El viejo me había transmitido ese sentimiento por un lugar que ni yo ni él mismo conocíamos. Yo tenía poco tiempo en España y anteriormente había viajado por otros países, en circunstancias diferentes a la de Atilio, veníamos del mismo país, pero en el fondo teníamos realidades diferentes. Sin embargo, la manera en que el viejo me hablaba, me transmitía sus sentimientos, no lo había visto ni sentido en ningún viaje, con nadie ilustrado. Él no necesitaba grandes frases, no necesitaba caretas, ni grandes conocimientos, su vida se limitaba a la sierra, Lima y Madrid, pero eso era más que suficiente. Quizá, por eso congeniábamos, yo lo escuchaba, él me contaba y los dos recibíamos una tácita recompensa.
Un día me llevó a su piso, especie de pensión que compartía con otra familia, en sí era la segunda o la tercera familia que había pasado por ese departamento. El tiempo pasaba, las personas pasan, pero el viejo se mantenía en esa habitación que era un pequeño museo de figuras y afiches de costumbres y modas peruanas.
- Siéntate, siéntate - me decía - ¿quieres Inca Kola, un alfajorcito, canchita serrana? – Atilio parecía que había asaltado una tienda, de esas que abundan en Madrid, en donde venden productos típicos de varios países de Latinoamérica, entre ellos de Perú. - Voy a poner un poco de música, ¿te gustan los huaynos?, éste te va a gustar – En realidad, debo reconocer que no soy un fanático de los huaynos, pero cuando comenzó a sonar la guitarra y el arpa, no pude dejar de pensar en mi país, en mis costumbres, en lo que significaba estar con una persona que me había devuelto ese gusto por mis tradiciones, por lo que significa ser peruano.
Como si el viento adivinara / de la nostalgia que me embarga. / Son tus recuerdos y está matándole a mi corazón, / lo peor es que no puedo olvidar / en la distancia te sé esperar / y vuelve mi llanto a caer / abrazando está mi soledad / mi vida no tiene razón, / sin ti yo no sé a donde voy. / Como si el viento adivinara / de la nostalgia que me embarga, / solo y frente a este mundo, / solo y con todos tus recuerdos, / no me resigno a perder tu amor, / es más me niego a olvidarte. / Sabes, no quiero perderte, / te amo mil veces, te amo. Por un instante, me perdí escuchando la letra y la música, cuando en un rincón de ese pequeño espacio observé a Atilio cantando el huayno casi en silencio, con un sentimiento profundo, como si recitara un conjuro que le permitiese viajar en el tiempo y lo transportase en el momento preciso en el que cambió toda su vida.
No sabía si preguntarle si se encontraba bien. Era como estar en la disyuntiva de despertar a un sonámbulo; en este caso, Atilio soñaba despierto.
- No sé como ir donde Manolo – susurró el viejo - , pero tengo que ir, necesito ir –. Sus palabras parecían una súplica, un clamor por tratar de darle el último adiós a su único amigo. En un momento, me llené de una responsabilidad no reclamada, de tener en mis manos la decisión de ese ciclo de su vida. Me quedé callado.
– Gringo, ayúdame -. El viejo, me lo dijo con una mirada tan profunda, que comprendí que realmente no tenía a nadie. ¿Quién era yo?, nos conocíamos relativamente hace poco tiempo, debo aceptar que el viejo se convirtió en una persona especial en mi vida, pero ir hasta Asturias era mucha responsabilidad y un tema que no me correspondía. La canción sonaba una y otra vez, y yo no sabía qué decir. No me atrevía a decir nada impropio, pero tampoco me atrevía a decirle que no. No podía decírselo, sabía que no podía recurrir a nadie más, que si en el tiempo que vivía en España no había salido de Madrid, a esta etapa de su vida, ir hasta Cudillero, le sería casi una hazaña imposible. - Atilio, dime cómo quieres que te ayude –. Fue lo primero que me salió. – Ayúdame a ir a Asturias, nunca he salido de Madrid, yo pago lo que sea, pero llévame, por favor, llévame –. En ese instante, el viejo se convirtió en un niño que buscaba a su madre, un desgraciado que se sentía perdido y realmente no sabía dónde ir, porque no tenía dónde ir. Atilio, sólo tenía la mirada fija en escenas del pasado. No me pude negar. ­– No te preocupes Atilio, iremos juntos –. Al decir esas palabras, fue como haberle dado una mano en un túnel del tiempo y haber regresado al viejo a esta era. Vi en el rostro de ese hombre una sonrisa real, un momento de felicidad y alivio en su vida, era la primera vez que lo veía así y me alegró de sobremanera, tampoco me iba a perder esa parte de la historia en la que me había introducido el viejo como si fuera una novela con todos sus matices, con todo el sentimiento, como con toda la fuerza que transmitía el huayno que me había puesto y no paraba de sonar.
Faltaban dos días para la misa de Manolín y Atilio y yo habíamos coordinado todo. Ya había visto los pasajes en autobús y las conexiones entre Oviedo y Cudillero.
– Márcame este número – me dijo. - ¿De quién es? – le pregunté mientras marcaba.
– De mi hija, tengo que intentarlo una vez más –. El teléfono sonaba y se lo pasé antes de que me contestaran.
– Hola –. La habitación estaba en silencio, era pequeña y esa voz femenina se escuchó de una manera rotunda. El viejo no podía hablar y yo lo miraba y lo animaba con gestos, con ademanes. Se había quedado inmóvil, me miraba atónito, casi como pidiendo auxilio. Se volvió a escuchar un hola desde el otro lado del teléfono. Esta vez, le di un golpe como de ánimo al viejo y pareció salirle un murmullo.
- Hola Justina, soy tu padre –. Un silencio, volvió a reinar la habitación. Tanto de un lado como el otro del teléfono, pasaban los segundos y ninguno hacía un ademán de dar el siguiente paso. Parecían dos fieras tomando aire para continuar con la persecución, como si estuvieran meditando las palabras a utilizar, todo era lento y calculado, cada uno escuchaba la respiración del otro y eso también servía. En realidad, eran dos extraños que esperaban que cada uno de esos gestos y detalles sirvieran para volverlos a unir.
- Justina, necesito hablarte, necesito verte, te necesito –. Ya no sólo era un lamento o una súplica, era un pedido de vida.
Del otro lado, sólo se escuchaba la respiración, cada vez más acelerada de Justina. Hasta en su silencio se notaba una carga de rencor y en cualquier momento, como ya Atilio me había contado, esperaba que le increpara algo y le tirara el teléfono. Sin embargo, en esa ausencia mostraba un ápice de acercamiento.
- Soy tu padre y he cometido muchos errores, soy un viejo ignorante que nunca supo qué hacer, un cobarde que no pudo dar la cara en su momento, pero no quiero perderte un minuto más –. Lo que más me sorprendía era que, a pesar de la tristeza con la que el viejo hablaba no le caía una sola lágrima, las palabras salían una tras otras, con imágenes en su mente, con sus respetivas explicaciones, pero ni una lágrima.
- Justina, mamita, perdóname, no sabes cómo me culpo todos los días por todo lo que tu mamá y tú tuvieron que pasar –. El viejo no terminó de decir esa frase cuando del otro lado comenzó una serie de gritos ininteligibles. Sin embargo, el viejo, en vez de alejar el auricular del teléfono para que el estruendo de la voz de su hija no le mortificara el oído, él se lo pegaba más. Era como una especie de autocastigo, de tratar que, con ese gesto, el dolor del pasado se disminuyera un poco más.
- ¡A mi madre no la metas, tú no sabes lo que ella sufrió, lo que ella tuvo que aguantar, ser la burla del barrio, tu olvido la consumió, solita se marchitó, lloraba todas las noches cuando nos íbamos a dormir, lloraba en silencio!. ¡De mi madre, no se te ocurra hablar nada! ¡Nada! –.
Justina creció viendo el sufrimiento de su madre siempre con la sensación de que todo se le escapaba de las manos, la situación económica, el estado anímico de su madre, la impotencia de no poder reclamárselo a nadie, el querer un mejor bienestar, el no tener más oportunidades de las que conocía. Justina prácticamente había nacido con el arenal, había crecido con la construcción del distrito y había dejado todo atrás el día que murió su madre.
Ese día se realizó un funeral multitudinario, casi como el que se presenció en el de la lideresa María Elena Moyano, que había sido ejecutada en plena lucha contra el terrorismo. La madre de Justina, casi desde la creación de Villa El Salvador, había participado en varios comités y organismos que sirvieron para exigir mejoras en la calidad de vida de los pobladores, tales como en la constitución de la Cooperativa Integral Comunal Autogestionaria de Villa El Salvador, como en la participación del programa del vaso de leche y militante activa de Federación Popular de Mujeres de Villa El Salvador. Fue en esta federación donde sirvió de colaboradora de Moyano y una de las que sufrieron en carne propia la cobarde muerte de la líderesa. Antes de morir la madre de Justina, ésta le hizo jurar que buscaría a su padre y que lo perdonaría.
- No puedes vivir con ese rencor, con ese sufrimiento mamita, no debes vivir así. Tu padre es un hombre bueno, debes buscarlo, hablar con él. No seas orgullosa, no ganas nada, sana tu corazón, hazlo por mí –. Éstas fueron casi las últimas palabras de la madre.
Justina, de un momento a otro, en plena descarga de emoción, se quedó en silencio.
- Yo también tengo que hablar contigo Atilio, necesito que me expliques en la cara todo lo que pasó. Pero quiero que sepas que si hago esto no es por mí, sino por mi madre. Yo no tengo padre, nunca lo tuve – y acto seguido, colgó.
El viejo se quedó unos segundos con el auricular en la oreja, como esperando alguna palabra más. No la hubo. Tuve que quitarle el teléfono de las manos, pero era imposible, lo apretaba con tanta fuerza, que temí que lo rompiera. Su dolor era una mezcla de pesar y desconcierto. Era la primera vez que hablaban en mucho tiempo y esas últimas palabras lo habían dejado casi muerto. Triste, derrotado, miraba fijamente hacia donde estaba un armario, pero sé que su pensamiento estaba a miles de kilómetros, a miles de años, a miles de personas, él quería estar al lado de la que un día fue su mujer, su único amor, su sustento. Azucena no pudo aguantar más el dolor y murió recordando al hombre que un día despidió con lágrimas en los ojos en el aeropuerto. Cuando Azucena se despidió de él por última vez, sabía que una parte grande de ella había muerto en ese lugar donde la gente corría, se despedía y lloraba como ella porque también dejaban a sus familiares partir hacia otros destinos.
Por un instante, me di cuenta de que estaba en el medio de una vida que nunca habría sido la mía, de una realidad que por suerte nunca la tuve que vivir, pero que me hacía reaccionar. A veces, tenemos que vivir experiencias ajenas, para valorar lo que tenemos y lo que hemos vivido. No me arrepentía de nada y hoy más que nunca sentía la necesidad de tratar de enmendar este juego del destino. Si era un simple instrumento para que esta persona viviera un momento de felicidad, lo haría con mucho gusto. Si tenía que implicarme en una vida ajena, lo haría. Atilio me había transmitido mucho: valores, sencillez, sufrimiento, experiencia, ganas de vivir, de luchar, creo que se lo debía y por eso sería su compañero de batallas.
Al día siguiente, nos fuimos en el bus e hicimos el recorrido de Madrid a Oviedo y de Oviedo a Cudillero en tren. El viejo parecía un niño, siempre le dejé ir al lado de la ventana para que no se perdiera ningún paisaje, los cambios que tiene España en su naturaleza son majestuosos, algunos se parecen a las explanadas y a los montes del Perú, y entre los dos te das cuenta que una geografía no hace un país, tu país, sino que lo hacen las personas.
La entrada a Asturias es verde, tanto que te sobrecoge, te da un aire de vida y esperanza. Atilio estaba nervioso y su emoción se hacía cada vez mayor. Siempre me preguntaba, como los niños, cuánto faltaba.
Al llegar a Cudillero, nos quedamos mirando, como si hubiéramos encontrado el sitio de los cuentos que tanto nos contaban. Las calles empedradas, las casas apiladas como fichas de dominó, la brisa marina, las gaviotas, el mar.
La familia nos recibió con mucha alegría, éramos como los tíos que venían de tierras lejanas a contar historias mágicas y cuentos increíbles. Sentíamos ese cariño que Manolo nos decía. Yo miraba al viejo y él se sentía como si hubiera regresado a Perú, como si estuviera entre los suyos. Le contaban que lo conocían por historias que el abuelo, el tío y todas las representaciones que Manolo había desempeñado en esa gran familia, les había relatado. Yo sentía también esa alegría. También era mía, en parte Atilio me recordaba a mi padre, de brazos fuertes, de mirada noble, integro. Nadie es culpable en vida por lo errores que comete, sino por los errores que no es capaz de corregir.
Atilio me pidió ir a la playa, quería sentir el mar, quería tocar la arena. Por un segundo lo vi rejuvenecer, por un segundo sentí que se había cerrado un ciclo. El viejo era fuerte, duro, los años lo habían curtido. Me acerqué a él y cuando le pregunté cómo se sentía, empezó a llorar. Lo hacía de una manera incontrolable, no se movía de su sitio, pero no dejaba de sollozar; era incontenible, todos los años de amargura; se desvanecían, sus lagrimas se fundían con el mar, era como si hubiera esperado por años este momento para mezclarlas en esas aguas, quería que siguieran su curso, que viajaran con ellas hasta su patria. Atilio lloraba como un niño, no podía hablar, no quería hablar, lo cogí del hombro y nos sentamos en la arena. Vi toda su inocencia, su pasado, su presente, esperaba que me dijera algo.
- Cuéntame como es Lima ahora gringo, como ha cambiado -. ¿Qué le decía? Que Lima, en más de treinta años, no era ni la sombra de lo que él dejó. Que los amigos y conocidos que él tenía habían muerto o que se habían esparcido por el país o en el extranjero, que Villa El Salvador era otro sitio, que yo nunca había ido a Villa El Salvador. No podía mentirle, no podía contarle algo que no estaba preparado a no saber, no podía romperle la imagen que tenía en su mente. Él mismo se dio cuenta, era lógico, era mucho tiempo como para que todo siguiera igual, él había visto el cambio en Madrid, por qué Lima no debería de haber cambiado. Las lágrimas de Atilio no paraban. - Lima necesita llorar – me dijo el viejo, ya entre sonrisas recordando el sobrenombre que le había puesto el amigo a quien pudo decir finalmente adiós.
- Gracias Alberto, sin ti no sé que hubiera hecho, todo es muy difícil para mí, precisamente esta mañana al levantarme tuve una sensación muy rara, como si necesitara despertarme de un largo sueño, como si necesitara ser otra persona y hoy soy otro. Sé que ya no soy de allá, pero nunca fui de acá, sé que no me queda nada, que mi vida se termina, pero te agradezco todo. Hoy sólo sé que me queda mi hija y por ella lucharé -. Sus palabras fueron decisivas, ese hombre no merecía más penas, ni llantos, ni amarguras, nadie las merece. La vida es muy simple, nosotros somos quienes la complicamos.
Las exequias terminaron y tras despedirnos de todos, siempre prometiendo volver, nos alistamos para partir a la mañana siguiente. El viaje de regreso fue en paz y Atilio parecía tener las cosas decididas a su llegada a Madrid. Al llegar a la estación, tomamos un taxi y dejé a Atilio en su casa y me dirigí hacía la mía con un cúmulo de sentimientos encontrados que me habían llenado todos estos días para terminar en un profundo regocijo interno.
Al llegar a su casa, Atilio, dejó su maleta y con las mismas salió directo a la casa de su hija, estaba decidido. Llegó. Tocó la puerta de la casa de su hija. Ella salió, se miraron fijamente y se fundieron en un abrazo que no necesitaba más explicaciones. En ocasiones las palabras sobran o al menos estorban o las dejamos para después. Atilio no paraba de repetir perdón y de sentirse culpable. Justina sólo quería abrazarlo, tocarlo, olerlo, saber que era real, que siempre había estado ahí, era su padre y no lo quiso negar.
El viejo conoció a su nieto y lo abrazó, lo miró y se sintió orgulloso de tener un hombre en la familia. Después de conversar del pasado, de perdonarse mutuamente en diversas ocasiones, comprendieron que estaban en un país que no era el suyo, pero que los había cobijado de la mejor manera, que habían hecho propias costumbres y gustos. Atilio comprendió que ese era su mundo, su universo, su hija era todo lo que deseaba y le quedaba. No quería más, no necesitaba más.
Atilio salió a pasear con su nieto y vio en él una oportunidad de redención.
- ¿Alguna vez has sentido que un olor o un sonido te hace recordar cosas que pensabas que habías olvidado? Creo que no, tú eres muy chico, aún no tienes recuerdos así -. Atilio frotaba la cabeza del pequeño Luis con fuerza y con cariño, mientras el niño asentía siempre con la mirada baja, pero con una sonrisa de aceptación. Era evidente que sentía un respeto y una admiración por aquel viejo que en algún momento tuvo que ser tan grande como para portar unas manos en las que podías contar varias vidas en medio de callos y líneas que se perdían entre sí. – ¿Qué miras? - dijo el viejo. - Tus manos, pues - dijo el pequeño con una risa temerosa, casi con un gesto de estar esperando un manotazo a cambio. – ¿Qué tienen? – preguntó el viejo. - ¿Por qué parecen que estuvieras agarrando siempre algo? – respondió inocentemente el chico. - pareces un mono caminando- y riéndose, siempre con recelo, miró por un segundo por el rabillo del ojo al viejo como esperando complicidad alguna en sus palabras. – ¿Por qué me hablas con miedo, acaso, te voy a hacer algo? – preguntó el abuelo. Luis no respondió y esperó la respuesta haciendo muecas siempre con la mirada en el suelo. - ¿Qué tanto miras en el piso? - dijo Atilio - parece que estuvieras contemplando una procesión de hormigas. ¿Sabes que yo pertenecí a la hermandad del Señor de los Milagros? –. El muchacho absorto levanto la cara por primera vez y exclamó. - ¡¿Qué es eso?! - El viejo, lo quedó mirando y soltó una risa. - ¿Tu madre no te ha enseñado nada de tu país, acaso? – preguntó el abuelo. Entre el bullicio del día y la gente, los dos compartieron un pequeño silencio, el muchacho volvió a bajar la cabeza y con una voz muy tenue, casi susurrando, respondió - mi país es éste abuelo.
El viejo calló y miró a otro lado. Se sentó erguido y encajó sus manos en una posición perfecta entre los espacios vacíos que hay entre madera y madera del banco y las apretó con odio, dolor y resignación, pero al mirar al chico entendió que esos tiempos habían acabado, que ahora su vida sí tenía sentido. Sin quitar las manos de los maderos, el viejo sentenció – Y el mío son tu mamá y tú.
El Capitán Beto
(Herbert Bazán Aguirre)